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Full text of "Miguel Soler 1987 Julio Castro"

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Miguel Soler Roca 


JULIO CASTRO, PERSONA BUSCADA 
A SEGUIR BUSCANDO 


Palabras pronunciadas 
en el acto de homenaje 
a Julio Castro realiza 
do en el Paraninfo de 
la Universidad de la 
República, Montevideo, 
28 de agosto de 1987. 




JULIO CASTRO 


PERSONA BUSCADA A SEGUIR BUSCANDO 


Siento sobre mí la difícil y honrosa responsabilidad de/ 
dirigirles la palabra por haber sido escogido, junto a Marta 
Demarchi y a Dahad Sfeir, para recordar esta tarde a Julio/ 
Castro, a nuestro Julio, desaparecido, hace ahora diez años. 
"Persona buscada", dijeron entonces. “Persona a seguir bus-/ 
cando", digamos ahora. 

La vida de este amigo querido se fue extinguiendo en mi 
esperanza, allá, en una tierra distinta y extraña, y en la// 
esperanza de sus familiares, en la de muchos de ustedes, si¬ 
lenciados aquí por la fuerza mas llenos de voces subterrá-// 
neas y solidarias, en la de muchos compatriotas que el exi-/ 
lio había regado por paisajes anchos y ajenos, en la de mu-/ 
chos hombres y mujeres, a los que Julio consideraba sus her¬ 
manos de la patria grande, la patria latinoamericana de la/ 
desventura, la rebelión y la promesa. 

En nombre de todos ellos tienen que ser dichas las pala¬ 
bras de esta tarde, en este paraninfo universitario donde // 
tantas veces se oyó su voz. 

Difícil y forzoso es, y sólo la generosa indulgencia de/ 
ustedes me lo hace posible, hablar en primer término para y 
por tres seres, tenaces en la búsqueda y austeros en el do-/ 
lor ante la pérdida del esposo y del padre. Y luego hablar// 
en nombre del hermano mayor, de Carlos Quijano, quien dejó// 
este mandato: "Un día nosotros haremos justicia a Julio. Y / 
si el tiempo se nos va, otros lo harán por nosotros". Y ha-/ 
blar por muchos más: por los miles que fueron perseguidos // 
con saña en este país; por los maestros y periodistas que // 
aprendimos nuestros oficios en los limpios manantiales de // 
Julio; por los que fuimos sus compañeros en tantas reuniones 
técnicas y sindicales y por los que lo fueron en Marcha; por 
los niños del campo uruguayo, que tanto le deben, sin saber¬ 
lo; y por los niños de esta ciudad, en especial los que fue¬ 
ron sus alumnos. 



Y por sus incontables amigos de América: los maestros ird 
sioneros de México/ que abrieron brechas, que por mucho tiem¬ 
po transitaremos, los educadores venezolanos, perseguidos // 
por Pérez Jiménez, los guatemaltecos que a mediados de este/ 
siglo levantaron un edificio del que ya no queda nada, tan-/ 
tos han sido los terremotos; por los centenares de educado-/ 
res de toda América, que fuimos sus alumnos en Pátzcuaro, // 
por - los campesinos de Michoacán, por los alfabetizadores del 
Ecuador, por los artesanos de Cuenca, los colonos de Milagro 
y los indios de Pesillo y aun por los jóvenes maestros y pe¬ 
riodistas mártires, caldos durante tantos años y ahora mismo 
en Chile, en Paraguay, en El Salvador, en la nueva Nicara-// 
gua, que accedió a su definitiva, digna e irrenunciable sobe 
ranía cuando Julio ya no podía celebrarlo. 

Y aun corresponde hablar por las múltiples instituciones 
y pesonalidades, uruguayas y del exterior, de alcance nacio¬ 
nal e internacional, que han adherido a este homenaje. 

Son muchos, pues, los convocantes y los convocados a es¬ 
te acto, que ha de ser de recuerdo del compañero caído, cla¬ 
ro está, pero también de reafirmación, de unidad y de espe-/ 
ranza actuante, es decir, propio de Julio. 

Y a estas dificultades, que ustedes bien perciben, se // 
agrega, en mi caso, otra, surgida también de un mandato de/ 
Quijano. Al denunciar en México los asesinatos de Michelini/ 
y de Gutiérrez Ruiz, Quijano acotaba: "Pero estamos en gue-/ 
rra y somos militantes y creo que nuestra primera obligación 
es borrar la nostalgia y la emoción". Condición difícil de / 
cumplir, repito, en mi caso. 


No deseo avanzar en ningún tipo de consideraciones acer¬ 
ca de la personalidad de Julio sin declarar mi condena - y/ 
creo estar en el derecho de.suponer la de toda persona ñor-/ 
mal- ante ese hecho monstruoso que con un eufemismo llama-/ 




mos la "desaparición" de personas y que, en lenguaie llano,/ 
no es otra cosa que un crimen con ocultación del cuerpo de// 
la víctima y con la simétrica ocultación de las circunstan-/ 
cias de su muerte y de la identidad de los victimarios. 

Vengo, pues, a este acto a protestar personalmente por// 
la muerte de Julio, a acusar a quienes ejercían el poder en 

este país en la nefasta década de los años setenta por la // 

institucionalización de las formas más abyectas del autorita 
rismo y por su silencio culposo de años y años ante el re-/ 
clamo nacional e internacional por la suerte de este amigo. 
Vengo, igualmente, a expresar mi dolor y preocupación por// 
la presencia en la sociedad uruguaya de criminales, tortura¬ 
dores, encubridores, embusteros e hipócritas, que surgieron/ 
en este país hace unos años y que se multiplicaron a un rit¬ 
mo que, para un educador, no deja de plantear angustiosos in 

terrogantes. 

Vengo también a repetir a la compañera y a los hijos de 
Julio que en todos estos años les he acompañado -ellos lo// 
saben- con dolor auténtico; que he llorado a Julio por lo// 
mucho que le.quería y debía y por lo importantes que fueron/ 
y son para mí, como para tantos y tantos compañeros, las co¬ 
sas que juntos logramos hacer. El día en que Carlos Quijano 
me llamó a París desde el México de su exilio para comunicar 
me la incierta suerte de Julio, comencé a transitar ese si-/ 
nuoso camino que va de la confianza en la supuesta raciona¬ 
lidad de lo humano hasta el advenimiento progresivo de un // 
duelo íntimo, pasando por meses de vaivén cotidiano entre ej3 
peranza y desesperanza. 

En este proceso estuvieron hermanadas, en cruel aprendi¬ 
zaje, millares de familias rioplatenses para las que llega-/ 
ría, penetrándolas despacio pero ineluctablemente, la certe¬ 
za de la muerte de un ser querido. 

Nos correspondió esperar mucho tiempo, por la fuerza de/ 
la tiranía armada, los días propicios a la investigación, el 



esclarecimiento., la verdad y la justiciaEl, 22 de diciembre 
último se nos dijo que había habido un. errorque todos ha-/ 
bíamos vivido equivocados, que lo que había parecido un apla 
zamiento era una cancelación definitiva, que las palabras // 
verdad y justicia quedaban suprimidas de nuestro vocabulario 
básico, aventadas por otras que sonaban a algo así como pací 
ficación, sosiego, perdón, olvido, silencio. 

Las mujeres de este país primero y todos después se le-/ 
vantaron y dijeron: no, no viviremos a oscuras, los asesi-// 
nos no quedarán impunes, impondremos, con la fuerza de la // 
ley y de nuestro dolor, la justicia que se nos quiere negar. 

Y bien, yo he venido también a sumar mi modesta voz a la 
de quienes no aceptan la impunidad como único cierre de tan/ 
doloroso período. Me niego a olvidar, me niego a perdonar. 
Nos negamos muchos, ya más de medio millón, y cada día so-// 
mos más. Nos negamos, claro está, por Julio, pero también// 
por todos los demás, por los hombres y mujeres maduros que/ 
cayeron, y por los jóvenes y por los adolescentes y por los/ 
niños, atropellados indiscriminadamente por la inhumanidad// 
organizada a escala del área de influencia del imperialismo. 
No admitimos convivir en la sociedad uruguaya ni en ninguna 
otra sociedad, bajo ninguna circunstancia, con el asesinato, 
la tortura, la violación, la desaparición, la cárcel como me 
dios de confrontación de ideas. 

De modo que mi manera personal de honrar a Julio es pe-/ 
dir que su caso siga abierto hasta que los culpables de su// 
muerte y desaparición sean conocidos y debidamente juzgados. 

Y puesto que el daño que padeció nuestro común amigo le 
fue inferido bajo un régimen militar, he venido a formular// 
votos, en este recinto de pensamiento, de ciencia y de huma¬ 
nismo, por el día en que nuestro planeta haya abolido todos/ 
los ejércitos y todas las armas, por el día en que la violen 
cia entre hermanos haya desaparecido, aun en sus más suti-/ 
les y solapadas formas, por el día en que en este país nadie 



pueda derimir las cuestiones públicas apretando el gatillo. 
Mientras, existan gatillos y dedos en disposición de apretar¬ 
los, los gue nos ocupamos de educación deberemos cuestionar/ 
implacablemente nuestro trabajo, hasta lograr el desarme de 
las manos y de lás mentes. ¿Es éste un sueño? Claro gue // 
sí, pero ¿qué función más alta cabe a la educación que la/ 
de sembrar sueños y cultivarlos, paciente y amorosamente, en 
perspectiva de siglos si es preciso, hasta su fructifica- // 
ción? 


Dicho esto, que sentía el imperativo moral de expresar// 
públicamente, digamos quién y cómo fue Julio Castro. Digamos 
lo en especial a los jóvenes, a quienes sé preocupados por// 
la construcción de su futuro, tarea imposible sin la compren 
sión del pasado y sin una cierta curiosidad por quienes lo// 
protagonizaron. 

Nació en Estación La Cruz, Departamento de Florida, en// 
1908. Fue alumno de escuela rural. Ya en Montevideo, estudió 
magisterio; fue maestro de primer grado en 1927 y de segundo 
grado en 1932. Consideraba que estos niveles de formación, / 
llamados de primero y segundo grados, eran impropios del de¬ 
sarrollo alcanzado por la educación primaria nacional, por 
lo que propuso su reemplazo por fórmulas mucho más raciona-/ 
les. 


Fue maestro de curso, director de escuela común y de // 
práctica, subinspector de enseñanza primaria, inspector de-/ 
partamental de Montevideo, profesor de filosofía de la educa 
ción y de metodología en los Institutos Normales, conferen¬ 
ciante sobre temas pedagógicos y sociales. Sindicalmente mi¬ 
litó en la Dnión Nacional del Magisterio, en la Federación// 
de Asociaciones Magisteriales del Druguay y, a partir de // 
1945, en la Federación Uruguaya del Magisterio, entidad uni¬ 
taria gremial que contribuyó a crear. Representó a los sin¬ 
dicatos de docentes en reuniones gremiales continentales, en 




Chile y en México. 


Fue autor de un conjunto de obras sobre temas educaciona 
les, algunas de las cuales merecieron primeros premios en // 
los concursos anuales de pedagogía convocados por el Ministe 
rio de Instrucción Pública. Sus títulos y fechas de publica¬ 
ción son: en 1940, "El Analfabetismo"; en 1941, "Los progra 
maS escolares vigentes; modificaciones que podrían introdu-/ 
cirse en ellos"; en 1942, "El banco fijo y la mesa colecti-/ 
va; vieja y nueva educación"; en 1944, "La escuela rural en 
el Uruguay". 

La revistas "Anales de Instrucción Primaria", publicada/ 
por el Consejo de Enseñanza Primaria y Normal, la "Revista// 
de la Educación del Pueblo", dirigida por Selmar Balbi, "Edu 
cación", de la Federación Uruguaya del Magisterio, "Supera-/ 
ción”, editada por los Institutos Normales, "Rumbo", a cargo 
del Instituto Cooperativo de Educación Rural e, incluso // 
después de Su desaparición, "Punto 21", del CIEP, dieron di¬ 
fusión a artículos de Julio sobre formación de educadores,// 
la cuestión religiosa en la escuela, las relaciones entre la 
educación y la independencia nacional,,los problemas de la// 
escuela rural. Forman parte también de su bibliografía nacicD 
nal un trabajo sobre "Coordinación entre Primaria y Secunda¬ 
ria”, la transcripción de dos conferencias suyas de 1948 ba 
jo el título "Cómo viven 'los de abajo' en los países de // 
América Latina", la versión de clases dictadas en los VII // 
Cursos Internacionales de Verano de la Universidad de 1964// 
y, siempre con referencia al Uruguay, el capítulo "Tenen-// 
cia de la tierra y Reforma Agraria" incluido en la obra co-/ 
lectiva "Reformas Agrarias en América Latina", editada en// 
1965 por el Fondo de Cultura Económica. 

El valor científico y humano de esta vasta producción, / 
difícilmente asequible al lector de hoy, llevó a un grupo// 
de sus amigos a elaborar una breve antología pedagógica de / 
Julio, prologada por Hugo Alfaro, que acaba de ser publicada 
por Ediciones de la Banda Oriental con el título "Julio Cas¬ 
tro, educador de pueblos". En ella, Yolanda Vallarino presen 



ta las ideas pedagógicas generales de Julio, Abner Prada las 
que tienen que ver con su contribución a la educación en las 
zonas rurales; Ubaido Rodríguez Varela nos habla del apoyo// 
brindado por Julio a las cuestiones educacionales desde su// 
puesto de periodista y yo comento su aporte a la lucha con¬ 
tra el analfabetismo en Uruguay y en América Latina. Cuader¬ 
nos de Marcha, por su parte, incluye en su entrega de este// 
mes el artículo "Julio Castro, educador", de Arturo Ardao. 

Su origen campesino y su preocupación por los problemas/ 
de la economía y la sociedad agrarias llevaron a Julio, por/ 
un lado, a mantener su condición original de productor rural 
y, por otro, a militar en primera fila en el importante deba 
te que tuvo lugar en el país en las décadas de los años cua¬ 
renta y cincuenta en torno a los problemas de la escuela ru¬ 
ral. Correspondió a Julio orientar la primera misión pedagó¬ 
gica realizada en Caraguatá en 1945, acción pionera que sacu 
dió, por el dramatismo de su testimonio, la conciencia de la 
Capital con motivo de los actos públicos que se realizaron// 
con posterioridad y de la serie de artículos que Julio pubM 
có en Marcha, en dolorido tono de denuncia y de llamado, que 
no fue oído. Mucho recomiendo a los jóvenes, estén o no en¬ 
tregados a la labor educacional, la lectura de algunos de e:s 
tos artículos, incluidos en el número 7 de Cuadernos de Mar¬ 
cha de diciembre de 1985. 

Julio participó activa y magistralmente en la Concentra¬ 
ción de Maestros realizada en Tacuarembó en 1944 y en los // 
Congresos sobre escuela rural convocados por las organiza-/ 
ciones magisteriales en 1944 y en 1945. A partir de 1948, se 
propone pasar de la controversia pública a la acción y logra 
que el Consejo de Enseñanza Primaria convoque el Congreso// 
de Maestros de Escuelas Rurales y Granjas, celebrado en Pi-/ 
riápolis en 1949, como resultado del cual se procede a la // 
elaboración y aprobación, ese mismo año, de un nuevo progra 
ma para las escuelas rurales, que ha tenido ya muy larga vi¬ 
da. Sin Julio, no hubieran sido posibles esos pasos vigoro-/ 
sos en la pedagogía nacional, que se mencionan en escasos se 



gundos pero que consumieron; años, de nuestras vidas, en la // 
ilusión, en la creación y en la alegría.; Lo que .Agustín Fe-/ 
rreiro había iniciado en esta ; etapa- de.. .importantes reflexio¬ 
nes y reformas, lo continuó un equipo, cada vez más amplio y 
más joven, en el que Julio desempeñó un papel fundamental. 

Quienes estén interesados en profundizar el conocimiento 
de estos hechos, pueden leer la obra de recientísima publica 
ción "Dos décadas en la historia de la escuela uruguaya; el 
testimonio de los protagonistas", que once educadores hemos/ 
redactado, como homenaje a Julio y para información de los// 
maestros jóvenes. 

Muy temprano Julio comenzó a recorrer los caminos de // 
América, "esa América Latina -dice Hugo Alfaro- que era co 
no el jardín del fondo de su casa". No creo estar en condi-/ 
ciones de dar cuenta completa de su extenso itinerario ameri 
cano. En 1943 asiste en Chile a una reunión sindical de edu¬ 
cadores del continente; varias veces, a partir de 1946, estu 
vo en Venezuela donde tiene entrañables amigos. Ese mismo // 
año 46 visita Costa Rica, a la que regresa en 1948 para en-/ 
trevistar a José Figueres. En 1948, también, participa en Mé 
xico en el Congreso Nacional de Escuela Rural, en el que se/ 
le invita a colaborar en la redacción del informe final. 

Ese mismo año emprende un largo viaje por Bolivia, Perú, // 
Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Honduras, Guatemala// 
y, como se ha dicho, México. De regreso, invitado por la Aso 
dación de Bancarios del Uruguay, dicta dos conferencias,// 
que son publicadas en 1949 con el ya mencionado título de // 
"Cómo viven 'los de abajo' en los países de América Latina". 
La expresión 'los de abajo' corresponde al título- de una de 
las novelas de Mariano Azuela, quien fue médico en el ejérci 
to revolucionario de Pancho Villa. En 1961 Julio es invitado 
como consultor por el Ministerio de Educación de Venezuela. 

En setiembre de 1964 tiene lugar en México la Asamblea// 
Mundial de Educación, organizada por la Academia Mexicana de 
la Educación y por la Liga Internacional de la Enseñanza, la 



Educación y la Cultura Popular, asistiendo 36 países y nume¬ 
rosos organismos internacionales. Me excuso por entrar en al. 
günos detalles de esta actuación, poco conocida, de Julio. 
Colaboró en su organización como delegado regional para Ar-/ 
gentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Presidió la segunda co¬ 
misión, que se ocupó del tema "problemas de la educación en 
América Latina”. El informe final de la reunión, publicado/ 
más tarde por la revista "Problemas Educativos de México", / 
incluye esta constancia: "En esta ocasión se debe reconocer/ 
ampliamente la desinteresada, cordial, inteligente y por de¬ 
más certera ayuda de los maestros Julio y Zaira Castro, de/ 
Uruguay, de Juan Pablo Sainz y José María Campos Alatorre, / 
quienes con el director de la revista recopilaron, revisaron 
y seleccionaron los materiales que aparecen en este número// 
extraordinario". 

Concluida la Asamblea, la Academia organizó ciclos de // 
conferencias en el interior de México. Jesualdo Sosa y Julio 
Castro fueron a Chihuahua, Ciudad Juárez, Saltillo y Monte-/ 
rrey. Julio va también a Oaxaca y al año siguiente, en 1965, 
colabora en un curso de planeación educativa de alto nivel, 
que tiene lugar en Veracruz, y dicta conferencias en Guadala 
jara y Lagos de Moreno. Era México para Julio -puedo decir¬ 
lo por haber vivido durante dos años muy cerca de él en ese/ 
país- una tierra apasionante, síntesis de todas las contra¬ 
dicciones y posibilidades de América; era, sobre todo, tie-/ 
rra de amigos muy próximos por el afecto y por su combate, / 
que fue siempre el de Julio, en favor de una educación y una 
cultura populares. 

Tres veces estuvo Julio en Cuba. De la primera visita, / 
en 1946, dijo: "Muy pronto el visitante que no iba sólo a di 
vertirse, encontraba la realidad del país: privilegios irri¬ 
tantes, sordidez, ignorancia, miseria; la isla de tierras fíí 
races importaba todo; producía caña y tabaco y ésas eran // 
sus fuentes de divisas; no tenía fábricas; ¿para qué intalar 
las si a noventa y cinco millas, en otro país, había todo?". 
Vuelve en 1961, el año de la campaña de alfabetización. "Se/ 



intentaba -dice Julio- en medio de la euforia reinante, cu 

-> — 

brir déficit heredados del sistema anterior. Fidel había pro 
metido en las Naciones Unidas liquidar el analfabetismo en / 
un año y la población entera se había volcado a esa tarea". 
En 1970 Julio regresa a Cuba, como integrante de la delega-/ 
ción de la Unesco a un seminario sobre educación permanente. 
Cuando a principios de 1971 hace la crónica de este viaje en 
Marcha, concluye así: "Cuba, como lo quería el Che, se ha // 
convertido en una inmensa escuela". 

Un año más tarde viajaría a Chile, para asistir a otra// 
reunión sobre educación y para entrevistar al Presidente // 
Allende. 

Fue invitado por la Unesco a desempeñar en América Lati¬ 
na funciones de docencia y asesoría en el campo educacional. 
Entre 1952 y 1954 fue Subdirector del CREFAL, un centro crea 
do por la Unesco y el Gobierno de México en Pátzcuaro, para/ 
la formación de educadores de comunidad. Allí me tocó en // 
suerte ser su alumno como becario uruguayo de la Unesco. Cen 
tenares de educadores, trabajadores de la salud, extensionis 
tas, asistentes sociales, siguieron esos cursos, encontrando 
en Julio no sólo al técnico competente y experimentado sino 
a un compañero sano, comprensivo, profundamente humano y // 
bien integrado a una pléyade de educadores mexicanos, pione¬ 
ros de esa pedagogía de vocación comunitaria que emergió de 
la Revolución Mexicana. 

En 1966 la Unesco publica el informe "La alfabetización/ 
en el desarrollo económico del Perú" que había sido solicita 
do a Julio como aporte al esfuerzo de aquel país por reducir 
su tasa de 40 por ciento de analfabetismo. En ese informe // 
Julio incluye estas frases: "Cuando en una comunidad campesi. 
na de la Sierra se enseña a leer y escribir a gentes que // 
duermen en el suelo, comen poco y mal, tienen un solo vesti¬ 
do que no pueden cambiar ni para lavarlo, habitan una choza/ 
miserable, usan arado de palo, viven aislados en lo alto de 
las montañas, ¿se están atacando las carencias en un orden// 
correcto de prioridades? El hecho dé saber leer y escribir,/ 



¿modifica en algo la vida del campesino cuando las demás con 
diciones permanecen intocadas?” 

Entre 1967 y 1970 la ünesco designa a Julio Consejero // 
Técnico Principal del Proyecto Piloto de Alfabetización de 
Adultos del Ecuador. Como siempre, trabaja, abre horizontes, 
hace amigos. Con su esposa y la mía recorrimos las áreas de 
trabajo del Proyecto, comprobando cuán grande era la estima/ 
en que se le tenía y el impacto que su vasta experiencia pro 
ducía entre aquellos educadores ávidos de saberes, que elabo 
raban, paso a paso, con un Julio modesto y llano, nuevas // 
ideas, métodos y materiales. En otra ocasión he escrito y lo 
repito ahora: "Era Julio, para emplear el lenguaje interna-/ 
cional, un experto muy poco convencional, más bien un anti ¬ 
experto , el único tipo de extranjero competente que un pue-/ 
blo de América podía entender, aceptar y querer”. 

Fue Julio también un gran periodista, asociado fielmente 
a la figura señera de Carlos Quijano y al navegar, necesario 
y trágico, del semanario Marcha. Durante casi medio siglo // 
analizó como periodista los problemas sociales del país, las 
condiciones de vida en el campo, las cuestiones educaciona-/ 
les y comentó, con humor, las peripecias de la cotidianei-// 
dad. Cuando a principios de los años sesenta las autoridades 
de la enseñanza primaria arrasaron lo más significativo que/ 
se había hecho en materia de educación rural, Julio salió co 
mo periodista a la palestra, defendiendo sus ideas, entonces 
ya compartidas por centenares de inspectores y maestros, y / 
apoyando, con indignado acento, obras fundamentales para el/ 
futuro de la juventud campesina uruguaya, que estaban siendo/ 
atacadas por gentes ensoberbecidas e ignorantes. Invito a // 
Abner Prada, que ha venido desde Colombia para asistir a es 
te acto, a que le recordemos, el micrófono en la mano, en la 
noche del 15 de mayo de 1961, en plena calle, en 18 de Ju-/ 
lio y Agraciada, dirigiéndose a los pasantes de esta ciudad, 
todavía por entonces alegre y confiada. Explicó esa noche,/ 
con su magisterio claro y firme, qué importante era para el 
país que las instituciones educativas en el medio rural pu-/ 
dieran contribuir a preservar todos los derechos del niño, / 



incluso el'derecho a la alegría, y a ampliar el horizonte // 
cultural y tecnológico de la sociedad rural caracterizada, '/ 
entonces como hoy, por un terrible vacío de hombres, de// 
justicia y de previsiones de futuro. 

El movimiento por una mejor escuela rural, agredido, so 
brevivió por años, apoyando a los maestros desde el ICEE, o 
sea el Instituto Cooperativo de Educación Rural, nacido de 
una asamblea de educadores realizada aquí, en este Paranin-/ 
fo, a principios dé ese año 61. Julio nos apoyó, escribien 
do artículos, dando clases, participando en debates y, sobre 
todo, alentando a un valeroso equipo de educadores, llenos/ 
de generosidad y de saber, entre los que quisiera recordar,/ 
como vanguardia de muchos otros, a cuatro, bien queridos de 
Julio: Nelly Couñago, Yolanda Vallarino, Homero Grillo y // 
Enrique Brayer. 

En sus últimos años Julio, ya retirado de la enseñanza,/ 
vivió con intensidad los problemas generales del país, con-/ 
tribuyendo, como ciudadano independiente, a la constitución/ 
de nuevas corrientes políticas. Se opuso con vigor desde las 
columnas de Marcha a las medidas que, en la declinación de 
los gobiernos constitucionales, marcaron la progresiva pérdi 
da de las libertades. En 1974 pagó con dos meses de encarce¬ 
lamiento en el Cilindro su oposición a la dictadura militar. 
No cedió. Ayudó a los perseguidos, mantuvo el contacto infor 
mativo con el exterior, adecuó sus destrezas de periodista// 
a nuevos métodos de comunicación. Se tuvo que hacer escurri¬ 
dizo para ser eficaz, él, que siempre había dado la cara. 

Por sus cartas, algunas de ellas firmadas apenas con una 
jota, otras sin firma, y que había que contestar remitiendo/ 
la respuesta a nombres y direcciones que no eran los suyos,/ 
sabemos cuánto sufría esos años. Cartas no firmadas, pero in 
confundiblemente suyas, siempre manuscritas, de letra peque¬ 
ña y sin duda rápida, pero de construcción impecable. Y, en¬ 
tre paréntesis, también Zaira nos enviaría, poco después, // 
sus angustiadas cartas, con su caligrafía muy de maestra, // 



firmádás v con una^rápida zeta, aconsejada por Brecht, que tan 
to sabía .de persecuciones en tiempos difíciles: "¡Borra to-/ 
das las huellas i." • 

Las cartas de Julio de esos últimos meses no sólo refe-/ 
rían a los atropellos mayores a los derechos humanos sino a 
los múltiples aspectos en que la dictadura militar minaba lo 
mejor de nuestra sociedad en la vida afectiva, en la vida de 
relación, en la vida del espíritu. Leo en su carta del 25 de 
febrero de 1975, escrita con pulso tembloroso por las secue¬ 
las de su segundo derrame cerebral: "Lo demás igual. La ago¬ 
nía de los países es larga y nada anuncia, aún, un renacer"/ 
(...) "El correo, la enfermedad y la censura nos aislaron //- 
del resto del mundo" (...) "El clima nacional -agrega- es de 
angustia, tristeza e incertidumbre. Y eso se respira y, como 
el aire, entra en el cuerpo". El 25 de marzo de 1976 se ex-/ 
presaba así: "Nosotros bien. Queriendo ser útiles en esta de 
bacle. Poco podemos hacer. Porque para la mayoría, todo se / 
reduce a la lucha por el pan. (...) Hay colegas que no tie-/ 
nen qué comer. Hay otros que se quedan sin casa. Los más // 
quieren irse, pero no saben a dónde ni a qué. Todo ocurrió// 
el primer día de clase. La gente fue a trabajar, terminadas/ 
las vacaciones, y se encontraron, de golpe, expulsados de // 
sus escuelas". Y un año más tarde, en enero de 1977, me de¬ 
cía: "Seguimos nosotros en lo nuestro; ayudando a quienes po 
demos ayudar. En medidas extremadamente limitadas, pero va-/ 
liándonos de amigos regados por ahí que, en general, han res 
pondido muy bien. En el área de nuestras actividades, o que 
lo fueron en otros tiempos, el desastre es total. A un siglo 
de aquel que adorna con su efigie todas las aulas, su cente¬ 
nario resulta algo inenarrable". 

Desde luego, no se conformó con lamentar los daños acumu 
lados sobre nuestra República y su gente. Fue, hasta su de-/ 
tención el primero de agosto de 1977, un combatiente, cons-/ 
ciente del riesgo que corría. Entre la fidelidad a los valo¬ 
res a cuyo servicio había vivido y la seguridad, optó por // 
los primeros. En carta a Quijano del 19 de junio de 1976 le 



decía: ".., me duermo, todas las noches, sin saber sival ama¬ 
necer me despertará el reloj o la. policía. Y eso ya.vdesde ha 
ce seis meses. Y así lo pasamos muchos aguí". 

Hablando de cartas, tal vez pocas traduzcan tanto dolor// 
para el remitente como para el destinatario como la que les// 
leo, enviada también a Quijano el 7 de mayo de 1976: "Trataré 
de que Marcha quede con el nombre limpio; aunque es lo único/ 
que queda. Se llevaron el archivo. Van cuatro Camiones. Desti 
no final: hornos de incineración del municipio. Les queda por 
llevar dos camiones más. Alrededor de tres a cuatro mil kilos 
cada uno. He asistido personalmente, paciente y sufriente, al 
despojo. Amagaron con una selección; después se llevaron to-/ 
do” . 


Quienes suprimieron del dramático escenario nacional la// 
presencia acusadora de Julio identificaban en él, sin equivo¬ 
carse, a un incómodo enemigo, dispuesto a resistir y a hacer/ 
más firme la resistencia de otros. 


Honremos, pues, al combatiente, por haber caído en su lu¬ 
cha; y honrémosle no sólo por todo esto que supo hacer por su 
patria y por América, sino también por cómo lo hizo, por cómo 
era. 


Ante todo, Julio era un hombre de una extraordinaria cali 
dad humana. Por encima de todo, era un hombre bueno. Cuantos/ 
le conocimos, apreciamos en él su franqueza, su honradez inte 
lectual, su trato directo y llano de los problemas y de los// 
hombres, su modestia, su resistencia a la figuración ya toda 
aparatosidad, su extraordinaria generosidad, de la que fui // 
personalmente beneficiario más de una vez, el desprendimiento 
con que se daba, en tiempo, en ideas, en atención a las difi¬ 
cultades de los demás. Era el hombre a quien acudir ante un / 
conflicto personal o ante un problema de interés nacional, // 
siempre cerca, abierto y disponible. Fue discreto consejero// 
de muchos, en el Uruguay y en América, Tenía el andar del ba¬ 
queano . 





■ Y-al mismo tiempo,"con qué goce compartid la vida del pue 
blo, de todos los pueblos que fue encontrando en su peregri-/ 
nar latinoamericano; qué capacidad para captar y para disfru¬ 
tar la profunda riqueza de lo popular y hacerlo suyo y expan¬ 
dirlo, de tierra en tierra, con mil anécdotas. Escucharlo era 
siempre un placer. 

Yo no les quiero demorar con mis propias narraciones. 
Apenas dos imágenes. Ona de abril de 1974, cuando Prada y yo 
le fuimos a visitar al Cilindro y de lejos, en aquel feo co-/ 
rredor, gritó al vernos: "¡Hermanos!”. Y otra, años antes, en 
noviembre de 1967, en Ecuador. Le veo en una fotografía, en// 
la alta Sierra andina, las manos en los bolsillos de los pan¬ 
talones, un poco arrollado por el frío, pequeño ante el paisa 
je agresivo, con un porte un tanto chaplinesco, es decir, hu¬ 
mano, tan de Chaplín, en esa humanidad sobria y tristona, co¬ 
mo el humor que cultivaba en algunas de las páginas de Mar-// 
cha. 


Fue Julio un hombre coherente consigo mismo. Nació en el 
campo, luchó por el campo, trabajó en el campo hasta su muer¬ 
te, ayudó a la ciudad a comprender el campo uruguayo, contri¬ 
buyó a que los maestros nos situáramos creadoramente en el // 
campo, alfabetizó y educó hombres y mujeres del campo. 

Fue coherente en la integración de sus dos oficios funda¬ 
mentales: su pedagogía, de excelente nivel teórico, penetraba 
fácilmente, alentada por su ágil estilo de periodista. Su pe¬ 
riodismo fue, a su vez, una escuela abierta a todos. Fue tan 
coherente en esto que cuando en 1939 cobró el premio que le// 
correspondía por su obra sobre el analfabetismo, lo puso a // 
disposición de la recién nacida Marcha para la compra de má-/ 
quinas, es decir, para hacer posible esa otra alfabetización/ 
de segundo grado que tantos de nosotros necesitábamos. 

Fue coherente en su visión del continente. Pocos como él 
guardaron tanta fidelidad a su país al proyectarse a América/ 
Latina. Desde la patria mayor mantenía siempre el contacto // 



con su patria chica, enviando valiosas crónicas sobre lo que 
ocurría más allá de fronteras. Y puso ese trabajo de esclare¬ 
cimiento de lo nacional y lo regional bajo el signo, para él 
irreductible y, a la vez, objetivamente lúcido, del antiimpe- 
rialismo, ayudándonos, con hechos, con cifras, con retratos// 
de la vida real, a comprender la gravitación de las fuerzas// 
internacionales y en particular del imperialismo en los pro-/ 
blemas y en el destino del país y de América. 

Fue, en fin, coherente en su forma de vivir y de morir. 
Rilke decía: "a cada uno su propia muerte". El la tuvo. 

Debo evocar rápidamente algunos rasgos de su personalidad 
de educador. María Orticochea, en carta de 1942, le decía: // 
"Sabe usted cuánto aprecio su noble capacidad". Hizo bien la 
maestra en asociar esas dos palabras. Fue la de Julio una/ 
pedagogía anclada en la realidad y para la realidad, con una 
articulación muy sólida, como lo subraya Ardao, entre la teo¬ 
ría y la práctica. Solía situar el hecho educativo en su con¬ 
texto concreto; fue un pionero de la multidisciplinariedad en 
materia educativa; él mismo era un hombre de múltiples disci¬ 
plinas. Sus obras nos llevan a una reflexión sobre la témpora 
lidad de la educación, sobre su escasa autonomía respecto a// 
la historia y, al mismo tiempo, sobre sus posibilidades, bajo 
determinadas circunstancias, de incidir en la evolución de// 
las sociedades. Comprometido él mismo ante los hombres y sus/ 
problemas, nos propuso una pedagogía comprometida, fue el pri 
mero que nos alertó sobre la fragilidad de la educación, so-/ 
bre el riesgo de que un sistema educacional, laboriosamente/ 
construido durante décadas, pudiera retroceder rápidamente,/ 
en su cobertura, en su filosofía, en su calidad,, en su clima/ 
humano. No sabíamos que eso pudiera ocurrir -¡qué íbamos a// 
saberlo, tan grande era nuestra fe!- y lo aprendimos, con do 
lor y con rabia. Ante tiempos tan adversos, Julio siguió sien 
do maestro, aun en la cárcel. Cuenta Alfaro que, estando en// 
el Cilindro, Julio se las ingenió para convertirse en el cocí 
ñero de los detenidos. "Sin abandonar -dice Alfaro— el cu-/ 
charón de la sopa gigantesca, daba, como charlando, clases de 



política internacional- a propósito de lo que estuviera ocu-// 
rriendo ..en América: las próximas elecciones venezolanas o el 
ultimo; cuartelazo de Bolivia. Todo clarito, y la sopa espesa". 

Quisiera destacar, para concluir esta parte, la indiscuti 
ble actualidad del pensamiento y de la obra de Julio. Lamen-/ 
tándolo, naturalmente, por el país. Mucho más grato me sería/ 
poder decirles que el Uruguay que él describía en los años // 
cuarenta ya ha dejado de existir. No quisiera cansarlos con// 
estadísticas: entre aquellos años y hoy el latifundio ha au-/ 
mentado su cobertura espacial y, cada vez más, se extranjeri¬ 
za; la matrícula de las escuelas rurales ha perdido más de // 
veinte mil alumnos, mientras los tugurios de Montevideo y // 
otras ciudades han crecido inconteniblemente; el niño indigen 
te de Caraguatá, que tanto impactó a los misioneros de 1945,/ 
está ahora en las puertas de Montevideo. La sociedad no supo, 
en más de cuarenta años, ofrecerles nada en aquel abierto pai 
saje; lo que le ofrece hoy para hacer frente en la urbe a esta 
nueva forma de marginalidad parece notoriamente insuficiente. 
No hablemos de la reducción deliberada que han sufrido los // 
presupuestos dedicados a sostener la educación, ni el creci-/ 
miento de la deuda externa, que pesa cruelmente sobre el des¬ 
tino de todo niño uruguayo. 

Julio es actual porque la sociedad uruguaya ha omitido, / 
durante decenios, abordar con valor solidario algunos de sus 
problemas fundamentales. Leo en uno de sus cáusticos artícu-/ 
los: "Aquí vivimos en un mundo de merengue: batimos y rebati¬ 
mos claras de huevo y azúcar. Cuando hemos llegado a solucio¬ 
nes, ellas son espuma. Y como espuma que son, sirven sólo de 
adorno o se pierden en la nada. Con los rancheríos, con la re 
forma agraria, con los desalojos rurales, con los créditos // 
agrícolas, ha pasado y pasará lo mismo. (...) Hablamos de un 
problema y lo damos por resuelto. Pero en los hechos, en lo// 
concreto: NO HACEMOS NADA". Y Julio pone letras mayúsculas a 
esta frase: no hacemos nada, escrita en 1945, hace ya 42 años. 

¿Era Julio un pesimista? A veces me he inclinado a pensar 
lo, ante algunas de sus cartas terribles. Por lo menos en el/ 



corto plaza. Pero, como de sus derrames cerebrales, él mismo 
reaccionaba pronto, en una apuesta con la vida. El 9 de se-/ 
tiembre de 1955, luego de un amargo análisis; de la.: realidad/ 
nacional y educativa, me escribía: "El día en que la tierra/ 
se nutra con mis huesos, (...) se podrá decir de mí lo que/ 
aquel comisario de Treinta y Tres declaraba en un parte poli 
cial respecto de una mujer asesinada: la “pobrecita se ve que 
estaba barriendo, porque murió con la escoba en la mano". En 
un artículo publicado en "Rumbo", la revista del ICER, en // 
1966, decía a los maestros: "El andar del tiempo hacia la li^ 
beración de los pueblos es constante y es, además, irrevers^ 
ble". Y diez años más tarde, en 1976, en tiempos más duros// 
todavía, escribía a Quijano: "Esto durará, pero se acabará. 
Aunque yo no lo vea". 

No, Julio Castro no incluía entre sus humanos defectos// 
el de llevar a nadie al pesimismo. Los jóvenes que me escu-/ 
chan pueden estar tranquilos: les he hablado de un hombre // 
que creyó profundamente en la juventud, que la amó y alentó/ 
con sincera confianza, que trabajó con fe en el futuro de es 
ta tierra joven. Nadie podrá decir que conoció a Julio vie-/ 
jo, cansado o vencido. Nos transmitió rigor, exigencia, la / 
necesidad de mirar la realidad de frente, la obligación de 
ver el mundo a través de los ojos de los más humildes, el de 
ber de trabajar por éstos y por todos, con la confianza del 
campesino uruguayo que, extraviado en la noche, se orienta// 
levantando los ojos a la lejana Cruz del Sur. 


Quisiera hacer, para concluir, unas reflexiones e inclu¬ 
so una propuesta. 

Toda sociedad establece un ceremonial para acompañar a / 
sus miembros en su ciclo vital y para rodearlos de solidaria 
afección en los momentos críticos, como lo son el nacimien-/ 
to, el advenimiento de la mayoría de edad, la constitución// 
de la pareja, la reproducción, la muerte. 




■Xa desaparición física de algunos miembros de estas socie 
dadas- contemporáneas, la sustracción del cuerpo de la vícti-/ 
au, plantean una situación para la que nadie estuvo preparado 
en este país. 

Quebrantando las prácticas establecidas, el desaparecido/ 
es mantenido estadísticamente en el mundo de los vivos sin // 
que se le permita ingresar en el de los muertos. En socieda-/ 
des en que no se puede vivir sin documentos, el desaparecido/ 
se va convirtiendo en un indocumentado. Es urgente interrum-/ 
pir este maleficio, movilizar las voluntades, desempolvar las 
leyes y lograr que las flores cultivadas durante la espera// 
reposen, al fin, sobre la losa que les corresponde. Pero mien 
tras esas acciones reparadoras llegan, ¿por qué no edificamos 
un nuevo ceremonial, materializando, en el bien y en la espe¬ 
ranza, el derecho y el deber de honrar a los muertos? 

Les propongo, pues, una doble línea de acción: por un la¬ 
do, insistamos -y el pueblo uruguayo lo está haciendo con // 
unidad y valor- en la búsqueda de la verdad y en la vigencia 
de la justicia? por otro, honremos a las víctimas de la dicta 
dura, quebrando el silencio, venciendo el olvido, abriendo // 
cauces concretos para que vuelvan a estar entre nosotros. 

Mientras logramos reencontrarnos con sus cuerpos, creémojs 
les espacios espirituales, para que nos sigan acompañando, // 
con la alta autoridad que les confiere su condición de márti¬ 
res . 


Respecto a Julio, esto ya se ha estado haciendo: una bi-/ 
blioteca sindical lleva su nombre, una escuela pública ha de 
denominarse pronto "Maestro Julio Castro", libros y revistas/ 
son editados en su homenaje. Bien está. Como decía Martí, // 
honrar honra. Me pregunto si no debemos ir más lejos aún. Yo 
les invito a unos instantes de reflexión sobre un grave pro-/ 
blema de la sociedad uruguaya de hoy, determinante del tipo// 
de sociedad que tendremos mañana. 


Múltiples evidencias llevan a poder sostener que una ele- 



vada proporción de niños se encuentran entre las víctimas más 


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dos de trabajo. ¿Qué haría Julio ante la situación de emer-/ 
gencia en que se encuentra un cuarto de millón de nuestros ni 


nos? 


Seguramente, comenzaría por el estudio y presentación de 
los hechos, por ver y hacer ver la realidad tal cual ella es, 
la realidad global, en primer término, y luego, las inciden-/ 
cias de esa realidad sobre la vida de los niños. Sobre la vi¬ 
da y también sobre la muerte, claro está. Nos recordaría los 
principios sobre los que habíamos estado de acuerdo, contení, 
dos en la Declaración universal de los derechos humanos de/ 
1948, en la Declaración de los derechos del niño de 1959, en 
los artículos pertinentes de nuestra Constitución y en ese// 
documento, pionero y ambicioso, nuestro Código del Niño, apro 
bado hace ya 53 años! 

Sin duda Julio no se conformaría con ponernos delante del 
drama, exponiéndolo estadística y jurídicamente. Saldría a // 
buscar al niño. Volvería a su pueblo natal para contarnos en 
qué estado lo encuentra; en Caraguatá compararía los niños de 
hoy con aquellos que vio en el invierno de 1945; visitaría// 
escuelas rurales; a unas cuantas las encontraría cerradas,// 
por no ser presupuestalmente "rentables”; de otras tal vez di 
jera que están muy lejos de ser como él nos las propuso, hace 
casi medio siglo. 

No se olvidaría Julio de los niños del suburbio urbano y 
se alarmaría y nos alarmaría y subrayaría la gravedad del he¬ 
cho de que no existan políticas, programas y metodologías pa¬ 
ra proteger a niños y adolescentes en situación de tan alto// 
riesgo. 

Hasta puedo imaginarlo, subido una madrugada a uno de // 
esos carritos basureros y entrevistar al niño auriga, desde/ 
el centro hasta el suburbio. Y contarnos, más que su miseria. 



„su -resistenciasu ¡madurez, de. proletario prematuro, su seguro 
.protagonismo en el desconocido Uruguay del Siglo XXI, 

X para terminar, nos convocaría, seguramente, a la ac- // 
ción, diciéndonos: no bastan las acciones meritorias aunque// 
fragmentarias, débiles e inconexas que se han emprendido; es 
hora de unirnos para echar a andar un programa nacional y po 
pulár de defensa del niño vulnerado y vulnerable. Nada es tan 
urgente como detener lo antes posible los enormes daños que// 
afectan a nuestros niños. De aquí en adelante, la reconstruc¬ 
ción de este país, que fue motivo de orgullo para nosotros y 
de admiración para los extraños, pasa por la defensa del me-/ 
ñor, primera e indiscutible prioridad nacional, asumida en / 
primer término por el pueblo. Todo merece ser postergado míen 
tras quede un niño que carezca de alimentos, de servicios de 
salud, de educación, de techo y de abrigo, mientras quede un 
niño que dude de que la sociedad entera se interesa, al mar-/ 
gen de nuestras infinitas querellas de adultos, por su desti 
no. Y ello, naturalmente, sin que renunciemos a otro tipo de 
cambios que hagan imposible la recaída en esta tan grande in¬ 
justicia. 

¿Puede, quiere el pueblo uruguayo aceptar esta interpreta 
ción de la vida y de la obra de Julio, de la vida y de la // 
muerte de los mártires nacionales? La palabra la tenemos to¬ 
dos, porque ésta es cosa de todos. 

Sigamos honrando, con el recuerdo y con la acción, a núes 
tros muertos. Si aceptamos los retos que nos plantea la histo 
ria, si somos capaces de cerrar filas en torno a objetivos de 
cumplimiento inexcusable, como éste que, en nombre del Julio 
militante de siempre, me he permitido plantearles, sentiremos 
que los desaparecidos no nos abandonaron del todo, que su sa¬ 
crificio no fue vano.